Jun 22, 2008





¿PUEDE UNA MADRE PERDER A SUS CINCO HIJOS?




Días atrás estuve leyendo un comentario que me envió María Pilar una amiga bloguera,él hacía alusión a las madres sacrificadas, aquellas que calladamente trabajan para sus hijos, sin protestar, visionarias, abnegadas, heroícas , muchas veces.
Vaya si habré visto hartas en estos 35 años de labor docente, partiendo desde Mi madre quien aún hoy a los 86 años de edad está preocupada hoy como hace más 50 años atrás de sus hijos , nietos y biznietos.
Sin embargo hace 7 dias mi amiga Carol Crisosto, escribió “Falleció la Sra Otilia Vargas, madre que perdió a 5 hijos”.
Leí varias veces su biografía, no podía salir del asombro, no podía entender de donde esta mujer sacó fuerzas para soportar esta terrible tragedia.



¿Quién era la Señora Otilia?
Así lo publicó La Nación

La maestra chilena Otilia Vargas, que perdió cinco hijos durante la dictadura de Pinochet, falleció este sábado a los 83 años, a causa de un paro cardiorrespiratorio, informaron hoy sus familiares.
Considerada una figura emblemática entre los luchadores a favor de los derechos humanos en Chile, Otilia Vargas fue además un activa resistente en los primeros años del régimen de facto, con un trabajo clandestino entre 1973 y 1976.
Su hijo Dagoberto Pérez Vargas, miembro de la Comisión Política del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), murió en combate contra las fuerzas represivas en octubre de 1975 en la localidad de Malloco.
Dagoberto Pérez fue sepultado en el Cementerio General de Santiago, pero en una fecha no determinada su cadáver fue desenterrado y hecho desaparecer.
El año anterior, sus hijos Carlos y Aldo habían sido detenidos por la DINA y desde entonces integran las listas de detenidos desaparecidos.
En febrero de 1976 otros dos hijos de Otilia Vargas, Iván y Mireya, que eran mellizos, cayeron en un enfrentamiento con las fuerzas represivas en la comuna de La Florida.
Iván murió en el sitio del combate, mientras la joven, según testigos, fue capturada con vida y llevada a Villa Grimaldi, donde fue torturada hasta la muerte por los agentes del organismo.
Posteriormente Otilia Vargas, junto a su esposo, Osvaldo Pérez y Patricia, su única hija superviviente, abandonaron Chile y se exiliaron en Cuba, de donde regresaron en 1992 para integrarse a la lucha judicial junto a los familiares de las más de 3.000 víctimas de la dictadura.


Creo que la Sra Otilia simboliza el sacrificio de miles de madres que dejaran todo por sus hijos, esas madres que dejaron de echarse un pan a la boca si sus hijos tenían hambre, madres que se amanecieron cuidando a sus hijos enfermos, madres que acompañaron largas horas de estudio de cada uno de sus hijos.
Seguí buscando hasta que me encontré con una entrevista que ella dio al periódico La Tercera

Desde el 11 de septiembre del 73, la hecatombe familiar fue rápida y brutal. El 10 de septiembre de 1974 cayó Carlos Pérez Vargas. Tenía 25 años. Lo sacaron de su trabajo en la calle Estado 360. Nunca se volvió a saber de él, salvo testimonios de detenidos que dicen haberlo visto en cuarteles de la DINA. El muchacho ya había salido del hogar materno para casarse con una costarricense, que dio una larga batalla por encontrar a su esposo y murió años más tarde de un cáncer en su país. "El mismo día que cae Carlos, nosotros tuvimos que dejar el departamento donde estábamos, salimos con unas bolsas como si fuéramos de compras y nos desperdigamos. Poco después Osvaldo se tuvo que asilar y viajó a Colombia. Era muy difícil mantenernos. Patricia no se quiso despegar de mí, así es que tuve que andar de casa en casa con ella. Pasamos muchas estrecheces. Doy las gracias, porque en realidad vivimos de la solidaridad del pueblo, a veces en poblaciones muy humildes, donde las ventanas eran de cartón. Yo quería estar junto a mis hijos, que ellos supieran que contaban conmigo. En esos meses los ví algunas veces y pude entregarles algo de ropa limpia. A cada uno le tejí un suéter y se lo hice llegar".
En julio de 1975 cayó Aldo, de 23 años. Lo detuvieron en la calle. Tampoco se sabe nada de su paradero. Dicen haberlo visto en los cuarteles de tortura de la DINA de la calle José Domingo Cañas y en Cuatro Alamos. Otilia sigue buscándolo a él y a Carlos.
El siguiente golpe fue el 15 de octubre de 1975. Tocó a Dagoberto, miembro del comité central del MIR, de 27 años, que fue abatido en un enfrentamiento en una parcela en Malloco, donde la DINA cercó a la plana mayor del MIR. Todos lograron huir, entre ellos los máximos dirigentes del movimiento, Nelson Gutiérrez y Andrés Pascal con sus parejas e hijos, menos Dagoberto. Un testigo vio cómo tiraban su cuerpo en el Patio 29 del Cementerio General, perforado por ocho tiros. El cadáver nunca se entregó a la familia, desapareció del cementerio.
Finalmente asesinaron a los mellizos Iván y Mireya, de 21 años, en un allanamiento, el 24 de febrero de 1976, a una casa en la que permanecían en La Florida. Se sabe que Mireya fue llevada aún con vida, malherida, a Villa Grimaldi, donde luego fue fusilada. El allanamiento fue televisado y la pequeña Patricia lo vio por la TV. "Fue el impacto más grande que ha recibido mi hija: ver la muerte de sus hermanos por televisión", comenta Oti.
Del pavor por lo ocurrido, la tristeza y la incertidumbre,Otilia sacó valor. "Tenía la esperanza de encontrar a mis hijos desaparecidos, que me entregaran el cuerpo de los que estaban muertos". Recién en mayo, tres meses después de su muerte, logró que le entregaran los cadáveres de sus mellizos, pero no pudo asistir al entierro. Era perseguida.
Tuvo que salir al exilio. Fueron 20 largos años de ausencia. Fijó su residencia en Cuba, país que le ofreció asilo y donde Osvaldo la esperaba. "Salí muy mal de Chile. Tenía reumatismo, mi cabeza no estaba bien. Tomaba un libro y no me quedaba nada. En Cuba me dije: `voy a trabajar por mis hijos desaparecidos, pero al principio no era capaz de redactar ni una página para explicar lo sucedido y enviar mi testimonio a las Naciones Unidas. Empecé a organizar a la gente, quería encontrar el cuerpo de Dago, saber qué pasaba con Carlos y Aldo".
Mientras, en la vida familiar, se esquivaba tocar las heridas y más tarde los psicólogos aconsejaban limpiar las paredes de toda seña de los hijos perdidos, para evitar mayores daños a la pequeña Patricia. "Osvaldo era un hombre muy callado, entre nosotros hablábamos poco de nuestro problema. `Hablar de esto nos hace mal´, me decía él, que se murió con una tremenda sensación de injusticia. Se sentía frustrado. Había dejado todo por el futuro de sus hijos, cambió su vida en el campo, vendió el aserradero. Cuando volvimos a Chile solíamos viajar al sur para encontrarnos con el pasado bueno y olvidar la vida que nos tocó después. Ninguno de los dos lo comentó, pero íbamos a buscar la felicidad perdida, esa era una verdad tácita".
Lejos de Chile, en tiempos de oscuridad, Otilia organizó la agrupación de familiares de detenidos desaparecidos y se volcó a escribir durante años centenares de cartas, la mayoría a mano, enviándolas a instituciones de cada rincón del mundo para que se supiera su realidad y la de otras familias afectadas por su mismo drama. "Parece que el odio lo vacié escribiendo, mandando carpetas y cartas, así salió la rabia y todo lo negativo que me hacía daño", reflexiona.En 1991, apenas recuperada la democracia, Otilia hizo su primer viaje a Chile. Vino con una misión muy concreta: entregar su propio testimonio de lo sucedido a través de un libro que tituló "La dictadura me arrebató cinco hijos". Poco después volvió para quedarse. Dice que al hacer ese libro inició un proceso de sanación. "Gran parte de mi dolor salió allí, para ir ganando paz", señala, mientras se le quiebra la voz y en los labios se dibuja un gesto parecido a esos pucheros que hacen los niños. Pero aguanta y al instante añade con la determinación y el temple que la caracterizan, en defensa de los suyos. "La verdad es que no puedo estar en paz. Aunque trate de olvidar". Es que el recuerdo es recurrente y fluye en los momentos menos esperados. Para los cumpleaños de los hijos perdidos, Patricia comenta a su madre, por ejemplo: "Mamá, hoy cumple años Aldo".
–¿Podrá perdonar?
–Yo no perdono a los asesinos de mis hijos. Tampoco nunca nadie se acercó a pedir perdón. Nunca he podido aceptar la muerte de mis hijos, porque eran unas personas nobles. Estaban dispuestos a dar su vida por los pobres. Eran jóvenes con ideales que tenían unos sueños muy hermosos, de una justicia social. Eran la voz de los que no tenían voz. Nunca le hicieron daño a nadie. Nunca cometieron un crimen. Fue una injusticia muy grande lo que les sucedió.
–¿Sigue buscando a sus hijos?
–No he dejado de pelear ni un día por ellos y donde pude pedí justicia. Pero ahora no tengo las posibilidades que tenía antes, hace tres años que no puedo caminar. La muerte de mi marido, Osvaldo, me decayó mucho, porque era mi compañero de toda la vida, y mi hija está muy enferma y me reprocha haber dedicado mi vida a mis hijos muertos.
–¿Con un golpe tan grande, puede haber alguna reparación?
-Yo siempre he esperado una reparación para mi hija (presentó una demanda al Estado por 600 millones de pesos, que ganó en primera instancia en 1999, pero está siendo recurrida por el Consejo de Defensa del Estado). Ella es la mayor víctima, porque su vida quedó marcada para siempre con la muerte de sus hermanos. Lo mejor sería un sueldo, porque está incapacitada, no puede trabajar. Yo tengo ya muchos años y no cuento con familiares que puedan hacerse cargo de ella. Ha pasado en manos de psiquiatras y está sola. A veces me dice: `Mamá, ¿por qué pertenecí a esta familia infeliz´. Incluso tengo dificultades para que herede esta casa, porque de algunos de sus hermanos no hay certificados de defunción, al estar desaparecidos.
–¿Qué significan para usted la comisión Rettig y la comisión sobre la tortura?
–La comisión Rettig fue una forma de hacer algo de justicia. Y esta comisión de ahora, sobre la tortura, creo que constituye un gran paso, porque había un dolor silenciado. Ahí también está la voz de mis hijos, porque ellos no tuvieron voz para llegar hasta ahí a denunciar cómo fueron cruelmente torturados, hasta hacerlos desaparecer.
Otilia queda en silencio. Por sus mejillas caen tenues lágrimas, mientras dirige su mirada a la luz del horizonte. Se quita los lentes, busca a tientas el pañuelo que está en una mesa y limpia su rostro. Atardece y el jardín está solitario. Todavía da flores un cedrón plantado algún día junto a su esposo y, como buena mujer del sur, mantiene sus matitas de ruda en una esquina. Jamás se permitió imaginar cómo serían sus hijos ahora. Sólo atesora en la memoria ese ayer que una vez para los Pérez Vargas parecía esplendoroso. ¿Por qué no? Era una hermosa familia que compartió proyectos y sueños en tiempos en que todos tuvieron utopías.
–¿En qué cree en esta hora de su vida?
–Sólo pienso en mis hijos. Miro al cielo y me digo que desde alguna parte del universo me estarán entregando su energía. Les pido valor y que le den fortaleza a mi hija.
–¿Cómo se ha portado la sociedad chilena con usted?
–Me he encontrado con buena gente. He recibido cariño, donde he estado. Del resto no sé, es que no salgo mucho. Una vez iba en el metro y frente a mí había una señora que le contaba a otra: `¡Qué horror, hay una mujer que perdió a sus cinco hijos´. Yo me quedé callada, paralizada y no tuve valor para decirle: `Señora, esa mujer soy yo´. Estaba atragantada y a la próxima estación me tuve que bajar".
Creo que este blog rinde un poco el deseo de María Pilar y el mío de rendir homenaje a "nuestras madres"



8 comments:

Jana R. said...

JC,

Las madres sostienen el mundo y en el mundo, a nosotros; Dios las sostiene a ellas para que nos sostengan... Dios.

Justo hace unos días estuve leyendo acerca de este terrible personaje que fue Pinochet, pensé en tantos personajes que causaron terrible destrucción y lo peor es que creyeron siempre que tuvieron la razón; es increíble y sumamente doloroso ver cómo aún queda tanto de esa peste que dejó este personaje, más bien diría antipersonaje porque no le cabe la palabra personaje a alguien que viola los Derechos Humanos.

Triste episodio para Chile es y sigue siendo todo aquello.

¿quién les devuelve a todas esas madres los hijos que perdieron, los hijos que les mataron, los hijos que les torturaron y que aunque viven ya no son los mismos que eran? ¿quién les devuelve a estas mujeres los esposos que estuvieron con ellas, los hombres que las amaban y protegían?... madres, benditas madres, tendrán su recompensa en el cielo.

Abrazos juertes,
Jani.

Juan C Araya said...

Jani
Van a ser casi 40 años y las heridas siguen abiertas, cuánto sufrimiento, el problema es que esto no se fraguó en Chile sino en EEUU
te dejo estye link:
http://es.youtube.com/watch?v=OfoBabTTzlU

Saludos cariñosos
J Carlos

Claudia Corazón Feliz said...

Que gueno que te gustara mi cuento, mi deseo más íntimo es ser escritora algún día.

Y también quiero ser profe, fíjate. Espero poder estudiar el próximo año Pedagogía en Inglés. Quizás estaré un resto vieja, pero no me quiero jubilar en lo que hago hoy en día. ¡Me muero!

Y también tenemos planes de tener un hijo.

Muchos saludos.

Adriana Lara said...

a mí me pasa lo mismo con esas noticias. El año pasado, cuando empecé con mis episodios de depresión, lo que más me frustraba era pensar que a mí no me habí apasado nada, y pensaba en el dolor de las madres que han perdido hijos, o de esas personas que pierden abruptamente en un accidente a todos sus seres amados. Cómo continuar? Y esta muje admirable: cómo seguir viviendo en su país luego de esto?

Lola said...

"¿De dónde saca fuerzas para seguir?", es lo mismo que nos preguntamos nosotros de nuestras Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Creo que nunca vamos a poder entenderlo.
Gracias por tu visita vecino.

Abrazo!

Lena said...

Yo conoci a Otilia en La Habana. Mis padres siempre la iban a ver, creci con su historia y veia la fueraz que tenia. La ultima vez que la vi en Chile me sorprendio que pudiera haber vuelto a su casa a su vida que tenia antes de perder a sus hijos. Creo que fue una verdadera heroina...

Caribay D.M. said...

no puedo creer que luego de tanto dolor sigan luchando, es que pienso en tantas personas que en su lugar se habrían echado a morir y ella no descansó un momento por defender lo que era justo... parece algo de ficción

Camino del sur Pilar Obreque B said...

Hermoso homenaje has dedicado a una madre excepcional por las circunstancias durisimas de perder a sus hijos y aun así seguir por la vida luchando, uno queda sin palabras.

Saludos cariñosos y gracias por compartirlo.